No sé de qué familia vienes tú mi estimado lector pero te cuento un poco sobre la mía y lo que me enseñaron sobre la vejez. Desde que era pequeña he tenido contextura delgada y para la mayoría de mis familiares era “linda”, más de una vez recibí el comentario sobre lo lindo que era mi cuerpo por ser “delgadito”, sobre cómo iba a crecer “bien bonita” y lo mucho que debía cuidar esa belleza. También conforme crecí, entendí que mi familia no solo era racista y homofóbica sino de paso gordofóbica – Parce, somos la familia de los “fobos” – y a eso tengo que sumar, que es evidente lo mucho que casi todas mis tías temen a la vejez y la mayoría relaciona la gordura con envejecimiento. Algunas se esfuerzan por no engordar, no verse “viejas” y ese legado a sus hijos e hijas lo han heredado y cada uno a su manera lo ha integrado en la vida, algunos continuaron el legado y otros se salieron del molde. Por mi parte, he salido del molde permitiéndome que los años me sucedan, lo hago como un acto de rebeldía ante una tradición familiar que enseña a las mujeres que la fealdad inicia cuando las arrugas y el cabello gris aparece en escena. Lo hago por las mujeres que aún creen que ningún hombre las va a querer si no lucen “jóvenes” (en palabras de una tía “me puse arreglada porque ya sabes cómo son los hombres mamita”). Te digo hoy con cariño y mucho amor, que nuestro valor como personas y que tanto amor merecemos, no depende de un factor humano e inevitable llamado VEJEZ. De hecho, que bueno que puedo envejecer, que bueno que tengo años de vida para ello, para ver el cuerpo cambiar y adaptarse a la vida que – creo, espero – tengo por delante. Te deseo una larga vida, una vejez divina llena de aceptación por el cuerpo que habitas y merece tu cariño. De paso te propongo que te unas a mi causa y te rebeles porque el mundo nos necesita muy rebeldes.
Con cariño, Nata


